martes, 17 de octubre de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO SEXTO
El ejemplo del grande Antonio
13) Paso a contar cómo me librasteis de aquella cadena del deseo del acto carnal, que me tenía estrechísimamente aprisionado, y de la servidumbre de los negocios seglares, y alabaré vuestro nombre, Señor, ayudador mío y redentor mío (Ps. 53, 8).
Seguía yo mis ocupaciones acostumbradas, con creciente ansiedad y cada día suspiraba delante de Vos; frecuentaba vuestra Iglesia, cuanto me dejaban libre aquellos negocios que me hacían gemir bajo su peso. Estaba conmigo Alipio, desocupado del trabajo de la jurisprudencia después de su tercera asesoría, aguardando a quién vender nuevamente sus consejos, como yo vendía el arte de la elocuencia, si es que alguna se puede comunicar con la enseñanza. Nebridio, accediendo a nuestra amistad, era auxiliar en la cátedra de nuestro entrañable y común amigo Veremundo, vecino y gramático de Milán, que ardientemente deseaba, y a título de amistad nos pedía un fiel auxiliar de entre nosotros, de que estaba muy necesitado. De manera que no le movió a Nebridio el deseo de lucro, pues si quisiera, mayores ganancias pudiera sacar de sus letras; sino en ley de amistad, no quiso aquel amigo tan cariñoso y condescendiente desatender nuestro ruego. Y desempeñaba aquel cargo con extremada prudencia, huyendo de ser conocido de los grandes personajes según el mundo, por no perder el trato de ellos la quietud del alma, la cual quería tener libre y desocupada el mayor tiempo posible para investigar, leer u oír algo sobre la sabiduría.

14) Cierto día –no recuerdo el motivo por qué estaba ausente Nebridio- se presentó en nuestra casa a visitar a Alipio y a mí, Ponticiano, compatriota nuestro en calidad de africano, que desempeñaba un elevado cargo en palacio; no sé qué pretendía de nosotros. Sentámonos para hablar. Casualmente, sobre una mesa de juego que estaba delante, reparó en un códice, lo tomó, lo abrió, y vio que era del Apóstol Pablo; con harta sorpresa, por cierto, pues pensaba que sería alguno de los libros de la profesión que me iba consumiendo. Entonces él, sonriéndome y mirándome, me felicitó extrañándose de haber hallado de súbito, delante de mis ojos precisamente, aquel escrito y no otro: pues él era cristiano y fiel, y a menudo se postraba en la iglesia delante de Vos, Dios nuestro, con frecuentes y largas oraciones. Como yo le indicara que a aquellos escritos consagraba preferentemente, mi atención, se trabó la conversación, contándonos él de Antonio, monje de Egipto, cuyo nombre era tan esclarecido entre vuestros siervos, pero nosotros hasta aquella hora lo desconocíamos. Viendo de que nada sabíamos detúvose más en la narración dándonos a conocer a aquel varón tan insigne, y admirándose de nuestra ignorancia. Estábamos estupefactos, al oír tales maravillas, perfectísimamente atestiguadas, tan recientemente obradas por Vos casi en nuestros días en la verdadera fe y en la Iglesia Católica. Todos estábamos admirados: nosotros de tan grandes sucesos; y él, de que no hubieran llegado a nuestros oídos.

15) De aquí pasó a hablarnos de las muchedumbres que pueblan los monasterios, y del divino perfume de sus virtudes, y de la fertilidad de los desiertos del yermo; de todo lo cual nada sabíamos: más aún: en el mismo Milán había un monasterio, extramuros de la ciudad, poblado de buenos hermanos, bajo el gobierno de Ambrosio: y nosotros no lo sabíamos. Alargabase en hablarnos, y le oíamos atentamente en silencio. De una cosa en otra, vino a decir que en Treveris, no sé cuándo, mientras el emperador se entretenía una tarde en los juegos circenses, salió él con otros tres compañeros a pasear por los jardines contiguos a la muralla; y allí, como se iban espaciando en pareja formadas al azar, él con otro aparte por un lado, y los otros dos aparte por otro, vinieron a separarse. Los otros dos, paseando sin rumbo fijo, fueron a dar en una cabaña, donde moraban algunos siervos vuestros, pobres de espíritu, de los cuales es el reino de los Cielos (Ut. 5, 3), y allí encontraron un códice en que estaba escrita la Vida de Antonio. Uno de ellos comenzó a leerla, y a admirarse y enardecerse, y a pensar mientras leía en abrazar aquel género de vida, y dejada la milicia seglar, entrar a serviros; eran ambos de los que llaman “Agentes de negocios públicos”. Estando en esto, súbitamente, lleno de amor santo y virtuosa vergüenza, enojado consigo mismo, volvió los ojos a su compañero y le dijo: “Ruégote que me digas ¿adónde ambicionamos llegar con todos estos nuestros trabajos? ¿Puede nuestra esperanza llegar a más, en palacio, que a ser amigos del emperador? Pues en esta privanza, ¿qué hay que no sea frágil y lleno de peligros? Y ¡por cuántos peligros se llega a este peligro mayor! Y esto ¿cuándo llegará? Pero amigo de Dios, si quiero, ahora mismo puedo serlo. Dijo esto, y turbado con el parto de la nueva vida, volvió los ojos al libro; y leía, y se iba mudando interiormente en lo que Vos veíais y su alma se iba desnudando del mundo, como luego se vio. Porque mientras leía y revolvía las olas de su corazón, dio por fin un gemido y conoció y resolvió lo mejor; y, ya vuestro, dijo a su amigo: “Yo he roto ya con toda aquella nuestra esperanza; y estoy resuelto a servir a Dios; y esto lo comienzo desde ahora y en este lugar. Tú si no quieres imitarme, no quieras estorbarme”. Respondió el otro que quería juntarse con él como compañero en tan alta milicia y en tan gran recompensa. Y ambos ya vuestros, comenzaron a edificar la torre evangélica, con las suficientes expensas de dejarlo todo y seguros a Vos (Lc. 14, 28-30).
A esta razón, Ponticiano y su compañero, que habían paseado por otra parte de los jardines, yendo a buscarlos, dieron con la misma cabaña, y hallándolos, les avisaron que se volviesen, pues ya era caída la tarde. Mas ellos, haciéndoles saber su determinación y propósito, y de qué modo había nacido en ellos y confirmándose aquel deseo, les rogaron que si no les querían acompañar, no les molestasen. No mudaron de vida Ponticiano y su compañero, aunque lamentaron su propia suerte, y les dieron piadosamente el parabién, y se encomendaron en sus oraciones; y bajando el corazón a la tierra, se volvieron a palacio, mas aquellos, fijando el corazón en el cielo, se quedaron en la cabaña. Tenían ambos sus novias; las cuales, cuando esto oyeron, os consagraron ellas también su virginidad.

PORLA