CAPITULO SEXTO
El ejemplo del grande Antonio
13) Paso a contar cómo me librasteis de aquella
cadena del deseo del acto carnal, que me tenía estrechísimamente aprisionado, y
de la servidumbre de los negocios seglares, y alabaré vuestro nombre, Señor,
ayudador mío y redentor mío (Ps. 53, 8).
Seguía yo mis ocupaciones acostumbradas,
con creciente ansiedad y cada día suspiraba delante de Vos; frecuentaba vuestra
Iglesia, cuanto me dejaban libre aquellos negocios que me hacían gemir bajo su
peso. Estaba conmigo Alipio, desocupado del trabajo de la jurisprudencia
después de su tercera asesoría, aguardando a quién vender nuevamente sus
consejos, como yo vendía el arte de la elocuencia, si es que alguna se puede
comunicar con la enseñanza. Nebridio, accediendo a nuestra amistad, era
auxiliar en la cátedra de nuestro entrañable y común amigo Veremundo, vecino y
gramático de Milán, que ardientemente deseaba, y a título de amistad nos pedía
un fiel auxiliar de entre nosotros, de que estaba muy necesitado. De manera que
no le movió a Nebridio el deseo de lucro, pues si quisiera, mayores ganancias
pudiera sacar de sus letras; sino en ley de amistad, no quiso aquel amigo tan
cariñoso y condescendiente desatender nuestro ruego. Y desempeñaba aquel cargo
con extremada prudencia, huyendo de ser conocido de los grandes personajes
según el mundo, por no perder el trato de ellos la quietud del alma, la cual
quería tener libre y desocupada el mayor tiempo posible para investigar, leer u
oír algo sobre la sabiduría.
14) Cierto día –no recuerdo el motivo
por qué estaba ausente Nebridio- se presentó en nuestra casa a visitar a Alipio
y a mí, Ponticiano, compatriota nuestro en calidad de africano, que desempeñaba
un elevado cargo en palacio; no sé qué pretendía de nosotros. Sentámonos para
hablar. Casualmente, sobre una mesa de juego que estaba delante, reparó en un
códice, lo tomó, lo abrió, y vio que era del Apóstol Pablo; con harta sorpresa,
por cierto, pues pensaba que sería alguno de los libros de la profesión que me
iba consumiendo. Entonces él, sonriéndome y mirándome, me felicitó extrañándose
de haber hallado de súbito, delante de mis ojos precisamente, aquel escrito y
no otro: pues él era cristiano y fiel, y a menudo se postraba en la iglesia
delante de Vos, Dios nuestro, con frecuentes y largas oraciones. Como yo le
indicara que a aquellos escritos consagraba preferentemente, mi atención, se
trabó la conversación, contándonos él de Antonio, monje de Egipto, cuyo nombre
era tan esclarecido entre vuestros siervos, pero nosotros hasta aquella hora lo
desconocíamos. Viendo de que nada sabíamos detúvose más en la narración
dándonos a conocer a aquel varón tan insigne, y admirándose de nuestra
ignorancia. Estábamos estupefactos, al oír tales maravillas, perfectísimamente
atestiguadas, tan recientemente obradas por Vos casi en nuestros días en la
verdadera fe y en la Iglesia Católica. Todos estábamos admirados: nosotros de
tan grandes sucesos; y él, de que no hubieran llegado a nuestros oídos.
15) De aquí pasó a hablarnos de las
muchedumbres que pueblan los monasterios, y del divino perfume de sus virtudes,
y de la fertilidad de los desiertos del yermo; de todo lo cual nada sabíamos:
más aún: en el mismo Milán había un monasterio, extramuros de la ciudad,
poblado de buenos hermanos, bajo el gobierno de Ambrosio: y nosotros no lo
sabíamos. Alargabase en hablarnos, y le oíamos atentamente en silencio. De una
cosa en otra, vino a decir que en Treveris, no sé cuándo, mientras el emperador
se entretenía una tarde en los juegos circenses, salió él con otros tres
compañeros a pasear por los jardines contiguos a la muralla; y allí, como se
iban espaciando en pareja formadas al azar, él con otro aparte por un lado, y
los otros dos aparte por otro, vinieron a separarse. Los otros dos, paseando
sin rumbo fijo, fueron a dar en una cabaña, donde moraban algunos siervos
vuestros, pobres de espíritu, de los cuales es el reino de los Cielos (Ut. 5,
3), y allí encontraron un códice en que estaba escrita la Vida de Antonio. Uno
de ellos comenzó a leerla, y a admirarse y enardecerse, y a pensar mientras
leía en abrazar aquel género de vida, y dejada la milicia seglar, entrar a
serviros; eran ambos de los que llaman “Agentes de negocios públicos”. Estando
en esto, súbitamente, lleno de amor santo y virtuosa vergüenza, enojado consigo
mismo, volvió los ojos a su compañero y le dijo: “Ruégote que me digas ¿adónde
ambicionamos llegar con todos estos nuestros trabajos? ¿Puede nuestra esperanza
llegar a más, en palacio, que a ser amigos del emperador? Pues en esta
privanza, ¿qué hay que no sea frágil y lleno de peligros? Y ¡por cuántos
peligros se llega a este peligro mayor! Y esto ¿cuándo llegará? Pero amigo de
Dios, si quiero, ahora mismo puedo serlo. Dijo esto, y turbado con el parto de
la nueva vida, volvió los ojos al libro; y leía, y se iba mudando interiormente
en lo que Vos veíais y su alma se iba desnudando del mundo, como luego se vio.
Porque mientras leía y revolvía las olas de su corazón, dio por fin un gemido y
conoció y resolvió lo mejor; y, ya vuestro, dijo a su amigo: “Yo he roto ya con
toda aquella nuestra esperanza; y estoy resuelto a servir a Dios; y esto lo
comienzo desde ahora y en este lugar. Tú si no quieres imitarme, no quieras
estorbarme”. Respondió el otro que quería juntarse con él como compañero en tan
alta milicia y en tan gran recompensa. Y ambos ya vuestros, comenzaron a
edificar la torre evangélica, con las suficientes expensas de dejarlo todo y
seguros a Vos (Lc. 14, 28-30).
A esta razón, Ponticiano y su compañero,
que habían paseado por otra parte de los jardines, yendo a buscarlos, dieron
con la misma cabaña, y hallándolos, les avisaron que se volviesen, pues ya era
caída la tarde. Mas ellos, haciéndoles saber su determinación y propósito, y de
qué modo había nacido en ellos y confirmándose aquel deseo, les rogaron que si
no les querían acompañar, no les molestasen. No mudaron de vida Ponticiano y su
compañero, aunque lamentaron su propia suerte, y les dieron piadosamente el
parabién, y se encomendaron en sus oraciones; y bajando el corazón a la tierra,
se volvieron a palacio, mas aquellos, fijando el corazón en el cielo, se
quedaron en la cabaña. Tenían ambos sus novias; las cuales, cuando esto oyeron,
os consagraron ellas también su virginidad.
PORLA
