domingo, 14 de agosto de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO DOCEAVO
Discute con Alipio sobre el matrimonio.
21) Deteníame Alipio para que no me casara, repitiéndome que si lo hacía, de ningún modo podríamos con tranquilo vagar vivir juntos en el amor de la sabiduría, como hacía ya mucho tiempo que deseábamos. Porque en este punto él era todavía castísimo; tanto, que ponía admiración. Pues aunque a la entrada de su adolescencia había llegado a hacer experiencia del acto carnal, mas no quedó enredado, antes se arrepintió y lo despreció, y después vivía continentísimamente.
Resistíale yo con los ejemplos de aquellos que, siendo casados, habían cultivado la sabiduría, habían agradado a Dios y habían conservado fielmente y amado a sus amigos. Lejos estaba yo, por cierto, de la magnanimidad de aquellos; y vencido de la enfermedad de mi carne, arrastraba con mortífera suavidad mi cadena, temiendo sea desatado de ella; y repeliendo como si me tocasen en la herida, las palabras de quien bien me aconsejaba, cual si fuese la mano que me desataba.
Además de esto, al mismo Alipio le hablaba también por mi medio la serpiente, y con mis palabras le armaba y sembraba en su camino dulces lazos en los que enredase sus pies honestos y libres.

22) Porque como se admirase de que yo, a quien él tanto estimaba, estuviese tan enredado en aquel pegajoso deleite, que cuantas veces discutíamos entre nosotros de ellos, afirmaba que de ningún modo podía llevar vida célibe; cuando le veía admirarse, decíale para defenderme, que había mucha diferencia entre lo que él había probado apresurada y furtivamente, que ya apenas se acordaba de ello, y por eso fácilmente y sin ninguna molestia lo despreciaba, y mis deleites de costumbre, las cuales, una vez cohonestadas con el nombre de matrimonio, no debía extrañarse de que yo no pudiera renunciar a aquella vida: comenzó él también a desear casarse, vencido, no ciertamente por el apetito de la voluptuosidad, sino de la curiosidad. Porque decía que deseaba saber qué era aquello, sin lo cual mi vida, que tanto le agradaba, no me parecía vida, sino tormento. Porque su alma, libre de aquella cadena, admirábase de mi esclavitud; y admirándose, entraba en deseo de experimentarla; y hubiera llegado a la experiencia, y con ella hubiera tal vez caído en la misma esclavitud de que se admiraba. Porque quería pactar con la muerte (Is. 28, 15); y el que ama el peligro caerá en él (Eccli. 3,27).
Ninguno de los dos se movía sino débilmente por lo que hay de decoroso y honesto en el matrimonio: el gobierno de la familia y la procreación de los hijos. A mi principalmente me tenía cautivo y terriblemente me atormentaba la costumbre de saciar la insaciable concupiscencia; a él la admiración le atraía al cautiverio.
Así estábamos, hasta que Vos, Altísimo, no abandonando nuestro barro, y apiadándoos de nuestra miseria, nos socorristeis por caminos maravillosos y ocultos.

CAPITULO TRECEAVO
Proyecto de matrimonio.
23) Instábame activamente a que tomase mujer. Ya la había yo pedido, ya estaba prometida, trabajándolo mayormente mi madre, para que luego de casarme, recibiese el saludable bautismo, y se gozaba de que  cada día me iba preparando a recibirlo, y observaba que con mi fe se iban cumpliendo sus deseos y vuestras promesas. Y aunque ella, movida por mis ruegos y por su propio deseo, cada día os suplicaba con fuerte clamor de su corazón que le revelaseis en visión alguna cosa de mi futuro matrimonio, Vos nunca quisisteis.
Veía, sí, algunas cosas vanas y fantásticas hacia donde la llevaba el ímpetu del espíritu humano, preocupado por este asunto, o me las contaba; mas no con la seguridad que solía cuando Vos se lo revelabais, sino despreciándolas; pues decía que por cierto sabor, que no podía explicar con palabras, discernía la diferencia que había entre vuestras revelaciones y los ensueños de su corazón. Sin embargo, insistíase en ello; y había llegado a pedirse la mano de una niña, cuya edad era menor casi en dos años que la núbil; y como aquella gustaba, esperábamos.

PORLA