CAPITULO DOCEAVO
Discute con
Alipio sobre el matrimonio.
21) Deteníame Alipio para que no me casara,
repitiéndome que si lo hacía, de ningún modo podríamos con tranquilo vagar
vivir juntos en el amor de la sabiduría, como hacía ya mucho tiempo que
deseábamos. Porque en este punto él era todavía castísimo; tanto, que ponía
admiración. Pues aunque a la entrada de su adolescencia había llegado a hacer
experiencia del acto carnal, mas no quedó enredado, antes se arrepintió y lo despreció,
y después vivía continentísimamente.
Resistíale yo con los ejemplos de aquellos que,
siendo casados, habían cultivado la sabiduría, habían agradado a Dios y habían
conservado fielmente y amado a sus amigos. Lejos estaba yo, por cierto, de la
magnanimidad de aquellos; y vencido de la enfermedad de mi carne, arrastraba
con mortífera suavidad mi cadena, temiendo sea desatado de ella; y repeliendo
como si me tocasen en la herida, las palabras de quien bien me aconsejaba, cual
si fuese la mano que me desataba.
Además de esto, al mismo Alipio le hablaba también
por mi medio la serpiente, y con mis palabras le armaba y sembraba en su camino
dulces lazos en los que enredase sus pies honestos y libres.
22) Porque como se admirase de que yo, a quien él
tanto estimaba, estuviese tan enredado en aquel pegajoso deleite, que cuantas
veces discutíamos entre nosotros de ellos, afirmaba que de ningún modo podía
llevar vida célibe; cuando le veía admirarse, decíale para defenderme, que
había mucha diferencia entre lo que él había probado apresurada y furtivamente,
que ya apenas se acordaba de ello, y por eso fácilmente y sin ninguna molestia
lo despreciaba, y mis deleites de costumbre, las cuales, una vez cohonestadas
con el nombre de matrimonio, no debía extrañarse de que yo no pudiera renunciar
a aquella vida: comenzó él también a desear casarse, vencido, no ciertamente
por el apetito de la voluptuosidad, sino de la curiosidad. Porque decía que
deseaba saber qué era aquello, sin lo cual mi vida, que tanto le agradaba, no
me parecía vida, sino tormento. Porque su alma, libre de aquella cadena,
admirábase de mi esclavitud; y admirándose, entraba en deseo de experimentarla;
y hubiera llegado a la experiencia, y con ella hubiera tal vez caído en la
misma esclavitud de que se admiraba. Porque quería pactar con la muerte (Is.
28, 15); y el que ama el peligro caerá en él (Eccli. 3,27).
Ninguno de los dos se movía sino débilmente por lo
que hay de decoroso y honesto en el matrimonio: el gobierno de la familia y la
procreación de los hijos. A mi principalmente me tenía cautivo y terriblemente
me atormentaba la costumbre de saciar la insaciable concupiscencia; a él la
admiración le atraía al cautiverio.
Así estábamos, hasta que Vos, Altísimo, no
abandonando nuestro barro, y apiadándoos de nuestra miseria, nos socorristeis
por caminos maravillosos y ocultos.
CAPITULO TRECEAVO
Proyecto de
matrimonio.
23) Instábame activamente a que tomase mujer. Ya la
había yo pedido, ya estaba prometida, trabajándolo mayormente mi madre, para que
luego de casarme, recibiese el saludable bautismo, y se gozaba de que cada día me iba preparando a recibirlo, y
observaba que con mi fe se iban cumpliendo sus deseos y vuestras promesas. Y
aunque ella, movida por mis ruegos y por su propio deseo, cada día os suplicaba
con fuerte clamor de su corazón que le revelaseis en visión alguna cosa de mi
futuro matrimonio, Vos nunca quisisteis.
Veía, sí, algunas cosas vanas y fantásticas hacia
donde la llevaba el ímpetu del espíritu humano, preocupado por este asunto, o
me las contaba; mas no con la seguridad que solía cuando Vos se lo revelabais,
sino despreciándolas; pues decía que por cierto sabor, que no podía explicar
con palabras, discernía la diferencia que había entre vuestras revelaciones y
los ensueños de su corazón. Sin embargo, insistíase en ello; y había llegado a
pedirse la mano de una niña, cuya edad era menor casi en dos años que la núbil;
y como aquella gustaba, esperábamos.
PORLA
