viernes, 26 de mayo de 2017

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO VEINTE
Provecho y daño que sacó de los libros platónicos
26) Pero entonces, leídos aquellos libros de los platónicos y amonestado por ellos a buscar la verdad incorpórea, conocí, por la inteligencia de las cosas creadas vuestras perfecciones invisibles (Rom. 1, 20); y rechazado sentí qué era lo que, por las tinieblas de mi alma, no se me permitía contemplar; cierto como estaba de que existís, y de que sois infinito, aunque no difundido por espacios finitos ni infinitos; y que solo Vos verdaderamente sois, porque siempre sois idénticamente el mismo, sin ninguna alteración ni movimiento que ponga mudanza en Vos; que las demás cosas proceden de Vos, por este solo argumento firmísimo: que tiene ser. Estaba cierto de estas verdades, sí, pero demasiado débil para gozar de Vos.
Gorjeaba yo, ni más ni menos que si fuera instruido; mas si no buscara el camino de la verdad en Cristo nuestro Salvador, no fuera instruido, sino destruido. Porque ya comenzaba a querer parecer sabio –lleno de mi propio castigo- y no lloraba, antes me hinchaba con la ciencia; pero ¿dónde estaba la caridad que edifica (1 Cor. 8, 1) sobre el fundamento de la humildad que es Cristo Jesús? (1 C. 3, 11). ¿0 cuándo me la iban a enseñar aquellos libros? los cuales quisisteis que viniesen a mis manos antes que considerase vuestras Escrituras, con el intento, según creo, de que se grabasen en mi memoria los afectos que habían causado en mí; y cuando después fuese amansado en vuestros Libros, y mis heridas fuesen curadas con vuestros delicados dedos, supiese discernir y distinguir la diferencia que hay entre la presunción y la confesión; entre los que van hacia donde se debe caminar, pero no ven por dónde, y el mismo camino que conduce, no sólo a divisar la patria bienaventurada, sino también a habitarla. Porque si primero hubiera sido instruido en vuestras sagradas Letras, y familiarizado con ellas, os hallara dulce para conmigo, y después hubiesen venido a mis manos los libros platónicos, tal vez me hubieran apartado del fundamento de la piedad; o ya que perseverase en el afecto saludable que en ellas había bebido, habría pensado que también si alguno leyese no más que aquellos libros, pudiera sacar de ellas el mismo afecto.

CAPITULO VEINTIUNO
Lo que no halló sino en la sagrada Escritura
27) Así, pues, avidísimamente arrebaté los venerables Escritos de vuestro Espíritu, y preferentemente al Apóstol Pablo; y se desvanecieron aquellas cuestiones en que antes me parecía que se contradecía a sí mismo, y que sus palabras textuales no concordaban con la Ley y los Profetas; y se descubrió a mis ojos el único semblante de vuestras palabras castas (Ps. 2, 12). Comencé, y encontré que todo lo verdadero que había allá leído se decía acá, con recomendación de vuestra gracia; para que el que ve, no se gloríe, como si no hubiese recibido, no solo aquello que ve, sino también el poder verlo –porque ¿qué tiene que no lo haya recibido? (1 Cor. 4, 7)-. Y para que no solo sea amonestado a miraros a Vos, que sois siempre el mismo, sino también sea sanado, a fin de poseeros. Y el que desde lejos no puede veros, ande, no obstante, por este camino, para que se acerque y os vea y os posea. Porque aunque el hombre se deleite con la Ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará de la otra Ley que está en sus miembros, que resiste y contradice la Ley de su mente, y se lleva cautivo bajo la Ley del pecado, que está en sus miembros? (Rom. 1, 22, 23).
Porque Vos, Señor, sois justo; mas nosotros hemos pecado, hemos obrado el mal, y hemos procedido inicuamente (Dan. 3, 29), y vuestra mano pesadamente ha descargado sobre nosotros (Ps. 31, 4) y justamente hemos sido entregados a aquel pecador antiguo y príncipe de la muerte; porque indujo a nuestra voluntad a imitar la rebeldía de la suya, que no perversión en vuestra verdad (Jn. 8, 44).
¿Qué hará el hombre miserable? ¿Quién le librará de este cuerpo de muerte, sino vuestra gracia por Jesucristo nuestro Seños (Rom. 7, 23-25) al cual engendrasteis coeterno, y creasteis en el principio de vuestros caminos? Prov. 8, 22). o halló en Él casa digna de muerte (Luc. 23, 15) el príncipe de este mundo; y con todo, le mató; y quedó cancelada la sentencia que se había  dado contra nosotros (Colos. 2, 14).
Nada de esto traen los escritos platónicos. No se halla en aquellas páginas rastro de esta piedad, ni las lágrimas de la confesión, ni el sacrificio que es para Vos el espíritu atribulado, y el corazón contrito y humillado (Ps. 50, 19); ni se menciona la salud del pueblo, ni la ciudad desposada con Vos (Apoc. 21, 2) ni las arras del Espíritu Santo (2 Cor. 1, 22), ni el cáliz de nuestro rescate.
Nadie allí canta: ¿Cómo no ha de estar mi alma rendida a Dios, pues de Él viene mi salvación? Solamente Él es mi Dios y mi Salvador; Él mi amparador: no resbalaré más (Ps. 61, 2, 3). Nadie oye allí al que clama: Venid a Mi todos los que trabajáis. Desdéñense de aprender de Él, porque es manso y humilde de corazón; porque Vos escondisteis estos misterios a los sabios y prudentes, y los habéis revelado a los pequeñuelos (Mt. 11, 25-29).
Porque una cosa es divisar desde una cumbre agreste y hacer conatos en balde por parajes intransitables, rodeados y acechados por los desertores fugitivos, con su príncipe, el león y el dragón (Ps. 90, 13), y otra es seguir el camino que conduce a ella, protegido por el amparo del celestial Emperador, donde no saltean los que desertaron de la celestial milicia, antes huyen de él como del suplicio.
Estas cosas por modos maravillosos penetraban en las entrañas cuando leía al menos de vuestros Apóstoles (1Cor. 15, 1). Había considerado vuestras obras, y quedaba asombrado (Hab. 3, 1).

PORLA