CAPITULO VEINTE
Provecho y daño que sacó de los libros
platónicos
26) Pero entonces, leídos aquellos
libros de los platónicos y amonestado por ellos a buscar la verdad incorpórea,
conocí, por la inteligencia de las cosas creadas vuestras perfecciones
invisibles (Rom. 1, 20); y rechazado sentí qué era lo que, por las tinieblas de
mi alma, no se me permitía contemplar; cierto como estaba de que existís, y de
que sois infinito, aunque no difundido por espacios finitos ni infinitos; y que
solo Vos verdaderamente sois, porque siempre sois idénticamente el mismo, sin
ninguna alteración ni movimiento que ponga mudanza en Vos; que las demás cosas
proceden de Vos, por este solo argumento firmísimo: que tiene ser. Estaba
cierto de estas verdades, sí, pero demasiado débil para gozar de Vos.
Gorjeaba yo, ni más ni menos que si
fuera instruido; mas si no buscara el camino de la verdad en Cristo nuestro
Salvador, no fuera instruido, sino destruido. Porque ya comenzaba a querer
parecer sabio –lleno de mi propio castigo- y no lloraba, antes me hinchaba con
la ciencia; pero ¿dónde estaba la caridad que edifica (1 Cor. 8, 1) sobre el
fundamento de la humildad que es Cristo Jesús? (1 C. 3, 11). ¿0 cuándo me la
iban a enseñar aquellos libros? los cuales quisisteis que viniesen a mis manos
antes que considerase vuestras Escrituras, con el intento, según creo, de que
se grabasen en mi memoria los afectos que habían causado en mí; y cuando
después fuese amansado en vuestros Libros, y mis heridas fuesen curadas con
vuestros delicados dedos, supiese discernir y distinguir la diferencia que hay
entre la presunción y la confesión; entre los que van hacia donde se debe
caminar, pero no ven por dónde, y el mismo camino que conduce, no sólo a
divisar la patria bienaventurada, sino también a habitarla. Porque si primero
hubiera sido instruido en vuestras sagradas Letras, y familiarizado con ellas,
os hallara dulce para conmigo, y después hubiesen venido a mis manos los libros
platónicos, tal vez me hubieran apartado del fundamento de la piedad; o ya que
perseverase en el afecto saludable que en ellas había bebido, habría pensado
que también si alguno leyese no más que aquellos libros, pudiera sacar de ellas
el mismo afecto.
CAPITULO VEINTIUNO
Lo que no halló sino en la sagrada
Escritura
27) Así, pues, avidísimamente arrebaté
los venerables Escritos de vuestro Espíritu, y preferentemente al Apóstol
Pablo; y se desvanecieron aquellas cuestiones en que antes me parecía que se
contradecía a sí mismo, y que sus palabras textuales no concordaban con la Ley
y los Profetas; y se descubrió a mis ojos el único semblante de vuestras
palabras castas (Ps. 2, 12). Comencé, y encontré que todo lo verdadero que
había allá leído se decía acá, con recomendación de vuestra gracia; para que el
que ve, no se gloríe, como si no hubiese recibido, no solo aquello que ve, sino
también el poder verlo –porque ¿qué tiene que no lo haya recibido? (1 Cor. 4,
7)-. Y para que no solo sea amonestado a miraros a Vos, que sois siempre el
mismo, sino también sea sanado, a fin de poseeros. Y el que desde lejos no
puede veros, ande, no obstante, por este camino, para que se acerque y os vea y
os posea. Porque aunque el hombre se deleite con la Ley de Dios según el hombre
interior, ¿qué hará de la otra Ley que está en sus miembros, que resiste y
contradice la Ley de su mente, y se lleva cautivo bajo la Ley del pecado, que
está en sus miembros? (Rom. 1, 22, 23).
Porque Vos, Señor, sois justo; mas
nosotros hemos pecado, hemos obrado el mal, y hemos procedido inicuamente (Dan.
3, 29), y vuestra mano pesadamente ha descargado sobre nosotros (Ps. 31, 4) y
justamente hemos sido entregados a aquel pecador antiguo y príncipe de la
muerte; porque indujo a nuestra voluntad a imitar la rebeldía de la suya, que
no perversión en vuestra verdad (Jn. 8, 44).
¿Qué hará el hombre miserable? ¿Quién le
librará de este cuerpo de muerte, sino vuestra gracia por Jesucristo nuestro
Seños (Rom. 7, 23-25) al cual engendrasteis coeterno, y creasteis en el
principio de vuestros caminos? Prov. 8, 22). o halló en Él casa digna de muerte
(Luc. 23, 15) el príncipe de este mundo; y con todo, le mató; y quedó cancelada
la sentencia que se había dado contra
nosotros (Colos. 2, 14).
Nada de esto traen los escritos
platónicos. No se halla en aquellas páginas rastro de esta piedad, ni las
lágrimas de la confesión, ni el sacrificio que es para Vos el espíritu
atribulado, y el corazón contrito y humillado (Ps. 50, 19); ni se menciona la
salud del pueblo, ni la ciudad desposada con Vos (Apoc. 21, 2) ni las arras del
Espíritu Santo (2 Cor. 1, 22), ni el cáliz de nuestro rescate.
Nadie allí canta: ¿Cómo no ha de estar
mi alma rendida a Dios, pues de Él viene mi salvación? Solamente Él es mi Dios
y mi Salvador; Él mi amparador: no resbalaré más (Ps. 61, 2, 3). Nadie oye allí
al que clama: Venid a Mi todos los que trabajáis. Desdéñense de aprender de Él,
porque es manso y humilde de corazón; porque Vos escondisteis estos misterios a
los sabios y prudentes, y los habéis revelado a los pequeñuelos (Mt. 11,
25-29).
Porque una cosa es divisar desde una
cumbre agreste y hacer conatos en balde por parajes intransitables, rodeados y
acechados por los desertores fugitivos, con su príncipe, el león y el dragón
(Ps. 90, 13), y otra es seguir el camino que conduce a ella, protegido por el
amparo del celestial Emperador, donde no saltean los que desertaron de la
celestial milicia, antes huyen de él como del suplicio.
Estas cosas por modos maravillosos
penetraban en las entrañas cuando leía al menos de vuestros Apóstoles (1Cor.
15, 1). Había considerado vuestras obras, y quedaba asombrado (Hab. 3, 1).
PORLA
