domingo, 22 de mayo de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO SEPTIMO
Aparta a Alipio de la afición a los juegos circenses.
11) Lamentábamos juntamente esas cosas los que vivíamos unidos en amistad, pero especial y familiarísimamente las trataba con Alipio y Nebridio.
Alipio era oriundo de mi misma ciudad, de una de las principales familias de aquel municipio, y de menos edad que yo, pues cuando empecé a enseñar en Tagaste, y después en Cartago, había sido discípulo mío, que me quería mucho, porque me tenía por bueno y docto; y yo a él por su buena índole para la virtud, en la cual, para su corta edad, no poco sobresalía. Pero el torbellino de las costumbres cartaginesas, hervidero de frívolos espectáculos, le había arrebatado a la locura de los juegos circenses. Cuando él iba miserablemente arrastrado, tenía yo allí clase como profesor público de Retórica. No acudía él como discípulo a mi escuela, por cierto disgusto que había surgido entre mí y su padre. Supe yo que estaba perdidamente aficionado al circo, y esto me afligía gravemente, porque me parecía que iba a malograr tan grandes esperanzas, si ya no las había malogrado. Mas no tenía yo facilidad para avisarle, y con algún apremio apartarle de ella, ni con la confianza de amigo, ni con la autoridad de maestro, pues me figuraba que sentiría de mi como su padre. Pero él no era así, antes dejando a un lado en este punto la voluntad de su padre, había comenzado a saludarme, viniendo a mi auditorio, donde escuchaba un rato y se iba.

12) Ello era así que nunca me acordaba de tratar con él sobre que no malograse tan aventajado ingenio con la ciega y arrebatada afición a vanos espectáculos.
Pero Vos, Señor, que tenéis el gobernalle de todas las cosas que habéis creado, no os habíais olvidado del que había de ser entre vuestros fieles dispensador de vuestros misterios. Y para que abiertamente se os atribuyese su enmienda, la obrasteis por mí, pero sin yo saberlo. Porque hallándome cierto día sentado en el lugar de costumbre y estando delante de mí los discípulos, llegó Alipio, me saludó, se sentó, y comenzó a atender a lo que se decía. Acaso tenía yo entre manos una lección, y al declararla, pareciéndome oportuno traer la comparación de los juegos circenses, para dar a entender más amena y claramente mi intento, ridiculizando mordazmente a la vez a los que se dejaban cautivar de aquella locura; Vos sabéis, Dios nuestro, que entonces no pensaba en curar a Alipio de aquel contagio. Mas él lo tomó para sí, y creyó que no lo había dicho sino por él, y de los que otro hubiera tomado ocasión de enojo conmigo, él lo tomo para enojarse contra sí mismo y para más ardientemente amarme. Habíais dicho Vos mucho antes, y consignándolo en vuestra Escritura (Prov. 9, 8): Reprende al sabio y te amará. Mas no era yo el que le reprendía, sino Vos, que os servís de todos, sabiéndolo ellos o no, según el orden que Vos sabéis –y este orden es justo-, hicisteis de mi corazón y mi lengua carbones encendidos, con que cauterizasteis aquel espíritu de tan buenas esperanzas, pero ulcerado, y le sanasteis. Calle vuestras alabanzas quien no considera vuestras misericordias, las cuales os alaben desde las médulas de mi ser. Porque ello fue así que, oídas estas palabras, saltó fuera de aquel hoyo tan profundo, en que de grado se iba sumergiendo, y con increíble deleite se iba cegando, y sacudió con vigorosa templanza su espíritu, y se le desprendió todo el fango de los juegos circenses, y no volvió a poner allí los pies.
Luego venció la resistencia de su padre a que me tomase por maestro; y el padre cedió y se lo concedió. Y comenzando otra vez a oír mis lecciones, se enredó juntamente conmigo en aquella superstición de los maniqueos, agradándole en ellos la ostentación de continencias, que él creía verdadera y sincera; mas en realidad era necia y engañosa, que aprisionaba las almas preciosas (Prov. 6, 16), no adiestradas aun a sondear el fondo de la virtud, y fáciles de engañar con la superficie,  aunque fuese de una virtud contrahecha y simulada.

PORLA