domingo, 13 de marzo de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO TERCERO
Ocupaciones de San Ambrosio
3) Ya ni siquiera gemía yo suplicándoos que me socorrieseis sino que mi espíritu estaba ocupado en buscar e inquieto en discutir. Al mismo Ambrosio teníale yo por un hombre feliz según el mundo, pues tanto le honraban tan altas potestades; solamente su celibato se me hacía dificultoso. Pero las esperanzas que abrigaba, las luchas que sostenía contra las tentaciones de su misma grandeza su consuelo en las adversidades y sus deleites sabrosos al rumiar vuestro país con la boca interior de su corazón, ni yo lo sabía sospechar ni tenía experiencia en ello. Tampoco él conocía mis congojas, ni el precipicio en que amenazaba caer; porque yo no podía tratar con él lo que quería y cómo quería; porque de hablarle y escucharle me apartaba la multitud de negocios de personas a quien él atendía en sus necesidades; y cuando esto le dejaban solo, que era por muy breve tiempo, o reparaba el cuerpo con el necesario sustento, o el espíritu con la lectura.
Cuando leía paraba los ojos por la página, y percibía con el entendimiento el sentido, pero sin pronunciar palabra ni mover la lengua.
Muchas veces, estando yo presente –pues a nadie se negaba la entrada, ni había costumbre de anunciarle quien llegaba-, le vi leer calladamente, y nunca de otra manera; y después de haber estado sentado largo rato en silencio –porque ¿quién se iba a atrever a molestar a un hombre tan abstraído?-, me retiraba, conjeturando que aquel breve tiempo que lograba para reparar su espíritu, descansando del estrépito de negocios ajenos, no quería que le distrajesen a otra cosa. Y aun tal vez, evitaba que ante algún oyente, suspenso y atento, si el autor que leía trajese algún pasaje oscuro, le fuese también necesario explicarlo o desarrollar algunas cuestiones más difíciles y gastando en esto el tiempo, no pudiese leer tanto de sus libros como deseaba. Aunque tal vez la causa más acertada de leer en silencio pudo ser el conservar la voz, que con mucha facilidad se le  enronquecía. Pero, en fin, cualquiera que fuere la intención con que aquel varón lo hacía, era sin duda buena.

4) Mas lo cierto es que a mí no se me brindaba ocasión de preguntar lo que deseaba a tan santo oráculo vuestro, como era su pecho, sino cuando era negocio de pocas palabras; y aquellas inquietudes mías reclamaban mucho vagar en la persona con quien había de desahogarme, y nunca lo hallaban.
Oíale, sí, cada domingo explicar rectamente al pueblo la palabra de la verdad;  y me iba confirmando más y más en que era posible deshacer todos los lazos de falaces calumnias que aquellos engañadores míos armaban contra los Libros Sagrados. Y cuando también averigüé que vuestros hijos espirituales, que con vuestra gracia reengendrasteis en el seno maternal de la Iglesia Católica, no entendían aquellas palabras: que el hombre fue hecho por Vos a vuestra imagen (Ben. 9, 6), de suerte que os creyesen o pensasen limitado en figura de cuerpo humano, aunque ni remotamente y por enigma (1 Cor. 13, 12) sospechaba lo que es una sustancia espiritual sin embargo, sentí a la vez gozo y vergüenza de haber estado tantos años labrando, no contra la fe católica, sino contra las quimeras de mis pensamientos carnales; y sin duda había sido impío y temerario, por haber afirmado reprendiendo lo que debía aprender preguntando.
Pero Vos, Señor, altísimo y cercano, ocultísimo y presentísimo, que no tenéis miembros, unos mayores y otros menores, sino estáis todo en todo lugar, y no limitado a lugar, no sois ciertamente esta figura corporal, y, no obstante, hicisteis a vuestra imagen al hombre, que, como vemos, de la cabeza a los pies ocupa lugar.

PORLA