domingo, 22 de enero de 2017

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO NOVENO
Lo que halló y lo que echó de menos en los libros de los platónicos
13) Y primeramente, queriendo Vos mostrarme cuán de veras resistís a los soberbios, y dais la gracia a los humildes (Jac. 4, 6), y con cuanta misericordia vuestra descubristeis a los hombres el camino de la humildad cuando vuestro Verbo se hizo carne y habitó entre los hombres (Jn. 1, 11), me procurasteis, por medio de un hombre hinchado con descomunal orgullo, ciertos libros de los platónicos, traducidos de la lengua griega a la latina.
Y allí leí, no con estas palabras, pero sí este mismísimo pensamiento, apoyado con muchas y variadas razones, que en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y era Dios el Verbo. Él estaba desde el principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada se hizo; lo que ha sido hecho, en Él es vida: y la vida era la luz de los hombres, y la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Y que el alma del hombre, aunque da testimonio de la luz, pero no es ella misma la luz, sino el Verbo, Dios, ese mismo es la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Y que Él estaba en este mundo, y el mundo fue hecho por Él, y el mundo no le conoció (Jn, 1, 1-12). Mas que Él vino a lo suyo propio, y los suyos no le recibieron; y que a todos los que le recibieron, creyendo en su nombre, les dio la potestad de hacerse hijos de Dios, eso no lo leí allí.

14) Allí también leí que el Verbo, Dios, no nació de carne ni de sangre, ni por voluntad de varón, ni por voluntad de la carne, sino de Dios. Pero que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn. 1, 16), no lo leí allí.
Encontré también en aquellos libros, dicho de muchas y variadas maneras, que el Hijo tiene la forma del Padre, y que no usurpó la igualdad con Dios (Philip. 2, 6), porque es idéntico a Él en naturaleza. Pero que se anonadó a sí mismo, tomando forma de sirvo hecho semejante a los hombres; y hallado en la condición como hombre, se humilló a Sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual Dios le ensalzó de entre los muertos, y le dio un nombre, que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los del Cielo, y los de la tierra y de los del infierno, y toda lengua confiese que el Señor Jesús está en la gloria de Dios Padre (Philips. 2, 6-11), esto no lo decían aquellos libros.
Dícese allí también que antes todos los tiempos y sobre todos los tiempos, permanece inconmutablemente vuestro Unigénito Hijo, coeterno con Vos; y que de su plenitud reciben (Jn. 2, 16) las lamas para ser felices; y que la participación de la Sabiduría permanente en Si, se renuevan para ser sabios. Pero que a su tiempo murió por los impíos (Rom. 5, 6), y que Vos no perdonasteis a vuestro Hijo único, sino le entregasteis por todos nosotros (Rom. 8, 32), no se lee allí. Porque escondisteis estas cosas a los sabios, y las revelasteis a los pequeñuelos, para que viniesen a Él los que trabajan y están cargados, y Él los aliviase; porque es manso y humilde de corazón (Mt. 11, 25-28); y encamina a los humildes por la justicia y a los mansos enseña sus senderos, viendo nuestra humildad y nuestro trabajo y perdonando todos nuestros pecados (Ps. 24, 9-18). Mas los que alzándose como sobre el coturno de una ciencia más sublime, no oyen al que les dice: Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, hallareis descanso para vuestras almas, (Mt. 11, 29), aunque conocen a Dios, no le glorifican como a Dios, ni le dan gracias; mas desvanécense en sus pensamientos, y oscuréceseles su necio corazón; y diciendo que son sabios, hácense fatuos (Rom. 1, 21)…

15) Por eso encontré allí también que la gloria de vuestra incorrupción había sido atribuida a ídolos y simulacros varios, en semejanza de imagen de hombre corruptible y de volátiles y de cuadrúpedos y de serpientes (Rom. 1, 23), es decir, en aquel manjar de Egipto, por el cual Esaú perdió su primogenitura. Porque el pueblo primogénito (de los judíos) volviéndose de corazón a Egipto (Act. 7, 39), adoró, en lugar de Vos, la cabeza de un cuadrúpedo, inclinando vuestra imagen –su alma- ante la imagen de un becerro que comía heno (Ps. 105, 20).
Este manjar (de la idolatría) hallé en aquellos libros; mas no lo comí. Porque Vos, Señor, os dignasteis quitar a Jacob el oprobio de su inferioridad, haciendo que el mayor sirviese al menor (Rom. 9, 13); llamando a los gentiles a ser vuestra heredad. Y de los gentiles vine yo a Vos. Y vine a coger el oro; que mandasteis a vuestro pueblo llevar consigo de Egipto; porque aquel oro era vuestro, dondequiera que se hallara (Ex. 3, 22; 11, 2). Y a los atenienses dijisteis por vuestro Apóstol (Act. 17, 28): que en Vos vivimos, nos movemos y somos, como también algunos de entre ellos habían dicho. Y ciertamente, de Grecia procedían aquellos libros platónicos. Mas no puse ojos en los ídolos de los egipcios, a los cuales con vuestro oro servían los que trocaron la verdad de Dios en mentira, y dieron culto y sirvieron a la criatura en vez del Creador (Rom. 1, 25).

PORLA

sábado, 7 de enero de 2017

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO SEPTIMO
Ansia por conocer el origen del mal
11) Ya, pues, Ayudador mío, me habíais librados de aquellas ligaduras; y yo seguía buscando el origen del mal, y no hallaba salida; pero no permitisteis que las olas de mis pensamientos me apartasen de aquella fe con que creía que Vos existís, que vuestra sustancia es inconmutable, y que tenéis providencia de los hombres, y les habéis de juzgar, y que en Cristo, vuestro hijo y Señor nuestro, y en las Santas Escrituras, garantidas pro la autoridad de vuestra Iglesia Católica, habíais puesto el camino de la humana salud para aquella vida que ha de venir después de esta muerte.
Dejando a salvo estas verdades que estaban inconcusamente arraigada en mi espíritu, buscaban febrilmente de dónde procede el mal.
¡Qué dolores aquellos de mi corazón parturiente!, ¡qué gemidor, Dios mío! Y allí teníais vuestros oídos, sin saberlo yo. Y cuando en silencio ahincadamente buscaba, las calladas congojas de mi corazón eran grandes voces ante vuestra misericordia. Solo Vos, y no hombre alguno, sabíais lo que yo padecía; porque de estas cosas ¿qué venía a ser lo que del interior pasaba por mi lengua a los oídos de mis íntimos familiares? ¿Sonaba acaso en ellos todo el alboroto de mi alma, que ni tiempo ni lengua bastaban a declarar? Todo, empero llegaba a vuestros oídos, lo que yo rugía con el gemido de mi corazón, y delante de Vos estaba mi deseo, y la luz de mis ojos no estaba conmigo (Ps. 37, 9, 11); porque ella estaba dentro, y yo fuera; ella no ocupaba lugar, y no hallaba en ella lugar donde reposar; ni me acogían de suerte que pudiese decir: “Bástame; bien estoy”, ni me dejaban volver a donde estuviese completamente bien. Porque yo era superior a estas cosas, pero inferior a Vos; que sometisteis a mí las cosas que creasteis inferiores a mí. Este era el justo temperamento y la región media de mi salud: que yo permaneciese a imagen vuestra, y sirviéndoos a Vos fuese señor de mi cuerpo. Mas como yo me levanté con soberbia contra Vos y con el escudo de mi dura cerviz corrí contra el Señor, también estas cosas ínfimas se levantara contra mí, y me oprimían y no me daba reposo ni respiro. De todas partes acudían las cosas en tropel y a montones a mis ojos; y al querer pesar, las mismas imágenes de los cuerpos se oponían a que me retirase, como diciéndome: “¿Adónde vas, indigno y sucio?” Este mal había cobrado fuerza de mis llagas; porque Vos humillasteis como a herido al soberbio (Ps. 88, 11) presunción me separaba de Vos, y la grande hinchazón del rostro me cerraba los ojos.

CAPITULO OCTAVO
Socórrele la divina Misericordia
12) Pero Vos, Señor, permanecéis para siempre (Ps. 32, 11), y no os enojáis con nosotros para siempre (Ps. 84, 6). Porque os apiadasteis de la tierra y ceniza, y tuvisteis a bien de reformar mis deformidades; y con estimulo interiores me aguijoneabais para que no tuviese reposo, hasta que con la vista interior adquiriese conocimiento cierto de Vos. E iba bajando mi hinchazón con la medicina oculta de vuestra mano; y la vista de mi alma, turbada y entenebrecida, iba sanando de día en día con el fuerte colirio de saludables dolores.
PORLA