CAPITULO NOVENO
Lo que halló
y lo que echó de menos en los libros de los platónicos
13) Y primeramente, queriendo Vos mostrarme cuán de
veras resistís a los soberbios, y dais la gracia a los humildes (Jac. 4, 6), y
con cuanta misericordia vuestra descubristeis a los hombres el camino de la
humildad cuando vuestro Verbo se hizo carne y habitó entre los hombres (Jn. 1,
11), me procurasteis, por medio de un hombre hinchado con descomunal orgullo,
ciertos libros de los platónicos, traducidos de la lengua griega a la latina.
Y allí leí, no con estas palabras, pero sí este
mismísimo pensamiento, apoyado con muchas y variadas razones, que en el
principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y era Dios el Verbo. Él estaba
desde el principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada
se hizo; lo que ha sido hecho, en Él es vida: y la vida era la luz de los
hombres, y la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la
comprendieron. Y que el alma del hombre, aunque da testimonio de la luz, pero
no es ella misma la luz, sino el Verbo, Dios, ese mismo es la luz verdadera, que
ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Y que Él estaba en este mundo, y
el mundo fue hecho por Él, y el mundo no le conoció (Jn, 1, 1-12). Mas que Él
vino a lo suyo propio, y los suyos no le recibieron; y que a todos los que le
recibieron, creyendo en su nombre, les dio la potestad de hacerse hijos de
Dios, eso no lo leí allí.
14) Allí también leí que el Verbo, Dios, no nació
de carne ni de sangre, ni por voluntad de varón, ni por voluntad de la carne, sino
de Dios. Pero que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn. 1, 16),
no lo leí allí.
Encontré también en aquellos libros, dicho de
muchas y variadas maneras, que el Hijo tiene la forma del Padre, y que no
usurpó la igualdad con Dios (Philip. 2, 6), porque es idéntico a Él en
naturaleza. Pero que se anonadó a sí mismo, tomando forma de sirvo hecho
semejante a los hombres; y hallado en la condición como hombre, se humilló a Sí
mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual Dios le
ensalzó de entre los muertos, y le dio un nombre, que es sobre todo nombre,
para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los del Cielo, y los de la
tierra y de los del infierno, y toda lengua confiese que el Señor Jesús está en
la gloria de Dios Padre (Philips. 2, 6-11), esto no lo decían aquellos libros.
Dícese allí también que antes todos los tiempos y
sobre todos los tiempos, permanece inconmutablemente vuestro Unigénito Hijo,
coeterno con Vos; y que de su plenitud reciben (Jn. 2, 16) las lamas para ser
felices; y que la participación de la Sabiduría permanente en Si, se renuevan
para ser sabios. Pero que a su tiempo murió por los impíos (Rom. 5, 6), y que
Vos no perdonasteis a vuestro Hijo único, sino le entregasteis por todos
nosotros (Rom. 8, 32), no se lee allí. Porque escondisteis estas cosas a los
sabios, y las revelasteis a los pequeñuelos, para que viniesen a Él los que
trabajan y están cargados, y Él los aliviase; porque es manso y humilde de corazón
(Mt. 11, 25-28); y encamina a los humildes por la justicia y a los mansos
enseña sus senderos, viendo nuestra humildad y nuestro trabajo y perdonando
todos nuestros pecados (Ps. 24, 9-18). Mas los que alzándose como sobre el
coturno de una ciencia más sublime, no oyen al que les dice: Aprended de Mí,
que soy manso y humilde de corazón, hallareis descanso para vuestras almas,
(Mt. 11, 29), aunque conocen a Dios, no le glorifican como a Dios, ni le dan
gracias; mas desvanécense en sus pensamientos, y oscuréceseles su necio corazón;
y diciendo que son sabios, hácense fatuos (Rom. 1, 21)…
15) Por eso encontré allí también que la gloria de
vuestra incorrupción había sido atribuida a ídolos y simulacros varios, en
semejanza de imagen de hombre corruptible y de volátiles y de cuadrúpedos y de
serpientes (Rom. 1, 23), es decir, en aquel manjar de Egipto, por el cual Esaú perdió
su primogenitura. Porque el pueblo primogénito (de los judíos) volviéndose de corazón
a Egipto (Act. 7, 39), adoró, en lugar de Vos, la cabeza de un cuadrúpedo,
inclinando vuestra imagen –su alma- ante la imagen de un becerro que comía heno
(Ps. 105, 20).
Este manjar (de la idolatría) hallé en aquellos
libros; mas no lo comí. Porque Vos, Señor, os dignasteis quitar a Jacob el
oprobio de su inferioridad, haciendo que el mayor sirviese al menor (Rom. 9,
13); llamando a los gentiles a ser vuestra heredad. Y de los gentiles vine yo a
Vos. Y vine a coger el oro; que mandasteis a vuestro pueblo llevar consigo de Egipto;
porque aquel oro era vuestro, dondequiera que se hallara (Ex. 3, 22; 11, 2). Y a
los atenienses dijisteis por vuestro Apóstol (Act. 17, 28): que en Vos vivimos,
nos movemos y somos, como también algunos de entre ellos habían dicho. Y
ciertamente, de Grecia procedían aquellos libros platónicos. Mas no puse ojos
en los ídolos de los egipcios, a los cuales con vuestro oro servían los que trocaron
la verdad de Dios en mentira, y dieron culto y sirvieron a la criatura en vez
del Creador (Rom. 1, 25).
PORLA

