Uno de ellos reconoce todo lo que su Santidad hizo a favor de los judíos, pero piensa que no fue suficiente, que tenía que haber publicado una solemne condena del holocausto. Y esa opinión es bien recibida por amplios círculos de la sociedad actual.
Prescindiendo de otras muchas consideraciones, vamos a centrarnos en un solo aspecto de la cuestión. Los que critican al Papa reconocen qué hizo, y que hizo todo lo que pudo; más que nadie. Se quejan de que no habló.
Y esa es una característica de los enemigos de la Iglesia. Para ellos lo importante es hablar, proponer hermosos planes para lograr el imposible del paraíso en la tierra.
Hablar, prometer; no cuesta nada. Y es lo que hacen con profusión. Pasando por alto el que sus promesas de felicidad nunca se cumplen. Y que las consecuencias de la puesta en práctica de sus planes nos llevan a verdaderas catástrofes. Lo importante para ellos es hablar. Ya advertía hace casi cien años Mons. Torras i Bages que la única palabra que tiene poder creador es la de Dios. Pero ellos se creen dioses. Hablan, hablan y hablan para nada o para mal.
No son capaces por eso de comprender la actitud de un Papa humilde, consciente de sus limitaciones, que prefirió hacer todo el bien posible a pasar a la historia como un personaje de esos que alcanzan predicamento en la sociedad actual y terminan con nombres en las calles y estatuas en las plazas.
Y eso es lo que pretendo inculcar a los lectores: que mientras otros buscan la gloria personal con sus declaraciones, los católicos nos limitamos a hacer el bien que está en nuestras manos.
CARLOS IBAÑEZ QUINTANA

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