miércoles, 1 de mayo de 2013

Catequesis segunda

Antes de empezar os quería preguntar: ¿Cómo habéis vivido la Semana Santa? ¿Habéis rezado algo de lo que leísteis en el blog?
La oración es muy necesaria. En esta época que nos ha tocado vivir, con tantos problemas económicos y morales, nos tenemos que refugiar en algo positivo; y lo más seguro y con más fuerza es “Dios”, el que todo lo puede, y el que más ama al hombre pues dio su vida para salvarnos.
En esta catequesis seguimos con Pedro. Anteriormente hemos visto dos etapas decisivas de su vida: la llamada a orillas del lago de Galilea y, después, la confesión de fe: “Tú eres el Cristo, el Mesías”.
Como dijimos se trata de una confesión aún insuficiente, inicial, aunque abierta.
San Pedro se pone en un camino de seguimiento. Así, esta confesión  inicial ya lleva en sí, como un germen, la futura fe de la Iglesia. Hoy quiero recordar otros dos acontecimientos importantes en la vida de Pedro.
La multiplicación  de los panes.
Como sabéis, el pueblo había escuchado al Señor, durante horas.
Al final, Jesús dice:
-Están cansados, tienen hambre, tenemos que dar de comer a esta gente.
Los apóstoles preguntan:
-Pero, ¿cómo?
Y Andrés, el hermano de Pedro, le dice a Jesús que un muchacho tenía cinco panes y dos peces.
-Pero, ¿qué es eso para tantos? – se preguntan los Apóstoles.
Entonces el Señor manda que se siente la gente y que se distribuyan esos cinco panes y dos peces. Y todos quedan saciados. Más aun, el Señor encarga a los Apóstoles, y entre ellos a Pedro, que recojan las abundantes sobras: doce canastos de pan (Jn 6, 12-13)
A continuación, la gente, al ver este milagro -que parecía ser la renovación tan esperada del nuevo “maná”, el don del pan del cielo-, quiere hacerlo su rey. Pero Jesús no acepta y se retira a orar solo en la montaña.
Al día siguiente, en la otra orilla del lago, en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús interpretó el milagro, es en sentido de realeza, sino en sentido de la entrega de sí mismo:
-El pan que yo voy a dar es mi carne por la vida del mundo (Jn 6, 51).
Jesús anuncia la cruz, y con la cruz la auténtica multiplicación de los panes, el Pan eucarístico, su manera completamente opuesta a las expectativas de la gente. Para nuestro corazón, para nuestra mentalidad, eran y son palabras “duras”, que ponen a prueba la fe (Jn 6,60).
Muchos de los discípulos se echaron atrás.
Buscaban a alguien que renovara realmente el Estado de Israel, su pueblo, y no a uno que dijera:
-Yo doy mi carne.
Podemos imaginar que las palabras de Jesús fueron difíciles también para Pedro, que en Cesárea de Filipo se había opuesto a la profecía de la cruz.
Y, sin embargo, cuando Jesús preguntó a los Doce:
-¿También vosotros queréis marcharos?
Pedro reaccionó con el entusiasmo de su corazón generoso, inspirado por el Espíritu Santo.
En nombre de todos, respondió con palabras inmortales, que también nosotros hacemos nuestras:
-Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.
Aquí al igual que en Cesarea, con sus palabras, Pedro comienza la confesión de la fe cristológica de la Iglesia y se hace portavoz también de los demás Apóstoles y de nosotros, los creyentes de todos los tiempos.
Pedro siguió a Jesús con entusiasmo, superó la prueba de la fe, abandonándose a él.
Sin embargo, llega el momento en que él cede al miedo y cae: traiciona al Maestro (Mc 14, 66-72).
Pedro que había prometido fidelidad absoluta, experimenta la amargura y la humillación de haber negado a Cristo; el jactancioso aprende, a costa suya, la humildad. También Pedro tiene que aprender que es débil y necesita perdón.
Cuando finalmente se le cae la máscara y entiende la verdad de su corazón débil de pecador creyente, estalla en un llanto de arrepentimiento liberador.
Jesús le vuelve a preguntar a Pedro, por tres veces, si lo ama, y él le repite que:
-Señor tú lo sabes todo, y tú sabes que te quiero.
Parecería que Jesús se ha adaptado a Pedro, en vez de que Pedro se adaptara a Jesús.
Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió:
-Sígueme.
Desde aquel día, Pedro “siguió” al Maestro con la conciencia clara de su propia fragilidad.
Sabemos que Jesús se adapta a nuestra debilidad. Pedro se define a sí mismo “testigo” de los sufrimientos de Cristo.
En los próximos días seguiremos con la Catequesis.
                PORLA
 

 

 

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