Guardan los
hombres las leyes de la gramática, y quebrantan las de Dios
28) Pero ¿qué maravilla es que así me fuese yo tras
las vanidades, y me alejase de Vos, Dios mío, cuando me ponían por modelo a
unos hombres que si al contar algunas de sus propias acciones no malas, eran
notados de cometer algún solecismo o barbarismo se avergonzaban, pero si al
relatar con palabras castizas y bien compuestas facunda y elegantemente sus
propias lascivias, eran alabadas, se vanagloriaban?
Vos, Señor, veis estos desordenes, y calláis, longánime y de mucha misericordia y veraz (Ps. 102, 8). Pero ¿acaso callaréis siempre? Y ahora sacad de este espantoso abismo al alma que os busca, y tiene sed de vuestros deleites, y de corazón os dice: Vuestro rostro busqué, Señor, vuestro rostro buscaré (Ps. 26, 8). Porque lejos se está de vuestro rostro, por una pasión tenebrosa. Pues no con los pies ni con distancias de lugar huimos de Vos, ni nos acercamos a Vos. ¿Buscó, acaso, aquel vuestro hijo menor, caballos, o carros, o naves, o voló con alas visibles, hizo el camino moviendo las piernas, caminó con los pies para vivir en región apartada, donde desperdició pródigo lo que Vos le habíais dado a la partida, Padre dulce, en dárselo, y más dulce cuando volvió mendigo? Vivió, pues, en la pasión libidinosa, que eso quiere decir tenebrosa, y eso es estar lejos de vuestro rostro.
Vos, Señor, veis estos desordenes, y calláis, longánime y de mucha misericordia y veraz (Ps. 102, 8). Pero ¿acaso callaréis siempre? Y ahora sacad de este espantoso abismo al alma que os busca, y tiene sed de vuestros deleites, y de corazón os dice: Vuestro rostro busqué, Señor, vuestro rostro buscaré (Ps. 26, 8). Porque lejos se está de vuestro rostro, por una pasión tenebrosa. Pues no con los pies ni con distancias de lugar huimos de Vos, ni nos acercamos a Vos. ¿Buscó, acaso, aquel vuestro hijo menor, caballos, o carros, o naves, o voló con alas visibles, hizo el camino moviendo las piernas, caminó con los pies para vivir en región apartada, donde desperdició pródigo lo que Vos le habíais dado a la partida, Padre dulce, en dárselo, y más dulce cuando volvió mendigo? Vivió, pues, en la pasión libidinosa, que eso quiere decir tenebrosa, y eso es estar lejos de vuestro rostro.
29) Mirad, Señor Dios, y mirad con paciencia, como
lo miráis, cuán diligentemente observan los hijos de los hombres las leyes
sobre las letras y sílabas, recibidas de los que hablaron primero; y descuidado
las leyes eternas de salud perdurable, recibidas de Vos.
Tanto que el que sabe o enseña tales reglas, si pronunciase (en latín) contra la disciplina gramatical, la palabra hominem (hombre) sin aspiración (h) de la primera letra, desagradaría a los hombres más que si contra vuestros preceptos, siendo él hombre, aborreciese a otro hombre. Como si algún hombre enemigo le fuese más pernicioso, que el mismo odio con que se irrita contra él. O como si alguien pudiera causar a otro mayor estrago o persiguiéndole, que el que causa a su propio corazón aborreciendo. Pues ciertamente no nos es más íntima la ciencia de las letras, que la Ley escrita en la conciencia, de no hacer a otro lo que no quieres que hagan contigo. Cuán secreto sois Vos, que moráis en silencio en las alturas, Dios solo grande, cuando con ley inexorable esparcís cegueras vengadoras sobre la concupiscencias ilícitas; cuando el hombre, buscando fama de elocuente, y persiguiendo con odio ferocísimo a su enemigo, ante el juez, también hombre, rodeado de una concurrencia de hombres, se guarda atentísimamente de decir por un desliz de la lengua, interhominibus (entre los hombres), y de quitar, por furor de la mente, a un hombre ex homínibus (de entre los hombres) no se guarde.
CAPITULO 19
Tanto que el que sabe o enseña tales reglas, si pronunciase (en latín) contra la disciplina gramatical, la palabra hominem (hombre) sin aspiración (h) de la primera letra, desagradaría a los hombres más que si contra vuestros preceptos, siendo él hombre, aborreciese a otro hombre. Como si algún hombre enemigo le fuese más pernicioso, que el mismo odio con que se irrita contra él. O como si alguien pudiera causar a otro mayor estrago o persiguiéndole, que el que causa a su propio corazón aborreciendo. Pues ciertamente no nos es más íntima la ciencia de las letras, que la Ley escrita en la conciencia, de no hacer a otro lo que no quieres que hagan contigo. Cuán secreto sois Vos, que moráis en silencio en las alturas, Dios solo grande, cuando con ley inexorable esparcís cegueras vengadoras sobre la concupiscencias ilícitas; cuando el hombre, buscando fama de elocuente, y persiguiendo con odio ferocísimo a su enemigo, ante el juez, también hombre, rodeado de una concurrencia de hombres, se guarda atentísimamente de decir por un desliz de la lengua, interhominibus (entre los hombres), y de quitar, por furor de la mente, a un hombre ex homínibus (de entre los hombres) no se guarde.
CAPITULO 19
Sus pecados
en la niñez
30) En el umbral de estas costumbres yacía yo, miserable, cuando niño; y de semejante arena era aquella palestra, donde más miedo tenía de cometer un barbarismo, que cuidado de no envidiar, si lo cometía, a los que no lo habían cometido. Os declaro y confieso, Dios mío, estas faltas, en las cuales era alabado por aquellos a quienes agradar era para mí entonces honestamente vivir; porque no veía la vorágine de torpezas en que me había arrojado lejos de vuestros ojos (Ps. 30, 23). Pues entre mis compañeros ¿quién más deforme que yo, que aun siendo ellos tales, les daba en rostro, engañando con innumerables mentiras al pedagogo, a los maestros, a mis padres, por amor al juego, por el gusto de ver vanos espectáculos, y por la juguetona inquietud en remedarlos?
Hacia también hurtos de la despensa de casa y de la
mesa, ya dominado por la golosina, ya para tener qué dar a los muchachos que me
vendían el jugar conmigo, aunque ellos también se divertían. En el juego
también, muchas veces, vencido del deseo de sobresalir, amañaba fraudulentas
victorias. En cambio, ¿qué cosa se me hacía insoportable, y la echaba en cara
tan violentamente si la descubría, como la misma trampa que yo hacía a los
otros? Mas si me cogían y me lo echaban en cara antes que ceder, prefería
enfurecerme.30) En el umbral de estas costumbres yacía yo, miserable, cuando niño; y de semejante arena era aquella palestra, donde más miedo tenía de cometer un barbarismo, que cuidado de no envidiar, si lo cometía, a los que no lo habían cometido. Os declaro y confieso, Dios mío, estas faltas, en las cuales era alabado por aquellos a quienes agradar era para mí entonces honestamente vivir; porque no veía la vorágine de torpezas en que me había arrojado lejos de vuestros ojos (Ps. 30, 23). Pues entre mis compañeros ¿quién más deforme que yo, que aun siendo ellos tales, les daba en rostro, engañando con innumerables mentiras al pedagogo, a los maestros, a mis padres, por amor al juego, por el gusto de ver vanos espectáculos, y por la juguetona inquietud en remedarlos?
¿Es ésta la inocencia del niño? No es tal, Señor, no lo es; perdonadme, os ruego, Dios mío. Porque estas mismas son las faltas que, de los ayos, padres y maestros, de las nueces, pelotas, pajarillos, pasan al llegar la edad mayor, exactamente de las mismas, a los prefectos y reyes, al oro, fincas y esclavos, como a las palmetas suceden mayores suplicios.
Por tanto, la humildad, simbolizada en la estatura del niño, es lo que Vos, Rey nuestro, alabasteis cuando dijisteis: De los tales es el reino de los cielos (Mt. 19, 14).
CAPITULO 20
Da gracias a
Dios por los beneficios recibidos en la niñez
31) No obstante, Señor, os doy gracias, excelentísimo y óptimo Creador y Gobernador del universo, y Dios nuestro, aun cuando sólo me hubierais concedido llegar a ser niño. Porque ya entonces yo existía, vivía, sentía y cuidaba del bienestar de mi persona, huella de vuestra secretísima Unidad, de donde tuve el ser. Cuidaba también con mi sentido interno de la integridad de mis sentidos, y en los mismos pequeños pensamientos míos y de cosas pequeñas me deleitaba la verdad. No quería ser engañado, tenía buena memoria, iba adquiriendo forma de decir, gozaba con la amistad, huía del dolor, de la afrenta y de la ignorancia. ¿Qué cosa había en un viviente como éste, que no fuese maravillosa y loable? Pues todos estos bienes son dones de mi Dios; no me los di yo a mí: y todo ello es bueno; y ese todo soy yo. Bueno es, por tanto, el que me hizo; y Él mismo es mi bien, y en Él me gozo por todos los bienes que me integraban mi ser de niño.
En esto pecaba yo: que buscaba deleites, encumbramientos y verdades, no en Dios, sino en sus criaturas; en mí y en las otras; y por eso caía en dolores, ignominias y errores.
Gracias a Vos, dulzura mía, gloria mía y esperanza mía, Dios mío: gracias a Vos por vuestros dones; pero guardádmelos Vos; porque así me guardaréis; y se acrecentarán y se perfeccionarán los bienes que me disteis; y yo mismo estaré con Vos, pues para que esté Vos me los disteis.
31) No obstante, Señor, os doy gracias, excelentísimo y óptimo Creador y Gobernador del universo, y Dios nuestro, aun cuando sólo me hubierais concedido llegar a ser niño. Porque ya entonces yo existía, vivía, sentía y cuidaba del bienestar de mi persona, huella de vuestra secretísima Unidad, de donde tuve el ser. Cuidaba también con mi sentido interno de la integridad de mis sentidos, y en los mismos pequeños pensamientos míos y de cosas pequeñas me deleitaba la verdad. No quería ser engañado, tenía buena memoria, iba adquiriendo forma de decir, gozaba con la amistad, huía del dolor, de la afrenta y de la ignorancia. ¿Qué cosa había en un viviente como éste, que no fuese maravillosa y loable? Pues todos estos bienes son dones de mi Dios; no me los di yo a mí: y todo ello es bueno; y ese todo soy yo. Bueno es, por tanto, el que me hizo; y Él mismo es mi bien, y en Él me gozo por todos los bienes que me integraban mi ser de niño.
En esto pecaba yo: que buscaba deleites, encumbramientos y verdades, no en Dios, sino en sus criaturas; en mí y en las otras; y por eso caía en dolores, ignominias y errores.
Gracias a Vos, dulzura mía, gloria mía y esperanza mía, Dios mío: gracias a Vos por vuestros dones; pero guardádmelos Vos; porque así me guardaréis; y se acrecentarán y se perfeccionarán los bienes que me disteis; y yo mismo estaré con Vos, pues para que esté Vos me los disteis.

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