Hace muy pocos días meditábamos el nacimiento de
Jesús lleno de sencillez en una cueva de Belén. Lo vimos pequeño, como un niño
indefenso, en manos de su madre que nos lo presentaba para que, llenos de
confianza y piedad, lo adoráramos como a nuestro Redentor y Señor. Dios había
tenido en cuenta todas las circunstancias que rodearon su nacimiento: el edicto
de César Augusto, el empadronamiento, la pobreza de Belén… Pero, sobre todo,
había previsto la Madre que le traería al mundo. Esta Mujer, mencionada en diversas
ocasiones en la Sagrada Escritura, había sido predestinada desde toda la
eternidad. Ninguna otra obra dela creación cuidó Dios con más esmero, con más
amor y sabiduría que aquella que, con su consentimiento libre, sería su Madre.
Nuestro Señor fue anunciada ya en los comienzos
como triunfadora de la serpiente, que simboliza la entrada del mal en el mundo,
como la Virgen que dará a luz al Emmanuel, al Dios con nosotros; y estuvo
prefigurado en el arca dela alianza, en la casa de oro, por la torre de marfil…
La escogió Dios entre todas las mujeres antes de los siglos, la amó más que a
la totalidad de las criaturas, con un amor tal que puso en Ella, de un modo
único, todas sus complacencias, la colmó de todas las gracias y dones, más que
a los ángeles y a los santos, la preservó de toda mancha de pecado o
imperfecciones, de tal manera que no se puede concebir una criatura más bella y
más santa que quien había sido escogida para Madre del Salvador.
Al mirar hoy a Nuestra Señora, Madre de Dios, que
nos ofrece a su Hijo en brazos, hemos de dar gracias al Señor, pues “una de las
grandes mercedes que Dios nos hizo además de habernos criado y redimirnos fue
querer tener Madre, porque tomándola Él por suya nos la daba por nuestra”.
En Cristo se distingue la generación eterna (su
condición divina, la preexistencia del Verbo) de su nacimiento temporal. En
cuanto Dios, es engendrado, no hecho, misteriosamente por el Padre ab aeterno,
desde siempre; en cuanto hombre, nació, fue hecho, de Santa María Virgen. Cuando
llegó la plenitud de los tiempos el Hijo Unigénito de Dios, la Segunda Persona
de la Trinidad Beatísima, asumió la naturaleza humana, es decir, el alma
racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza humana
(alma y cuerpo) y la divina se unieron en la única Persona del Verbo.
Al comenzar un nuevo año aprovechamos para hacer el
propósito firme de recorrerlo día a día de la mano de la Virgen. Nunca iremos
más seguros. Hagamos como el Apóstol San Juan, cuando Jesús le dio a María, en
nombre de todos, como Madre suya: Desde aquel momento —escribe el Evangelista—
el discípulo la recibió en su casa.
¡Con qué amor, con qué delicadeza la trataría! Así
hemos de hacerlo nosotros en cada jornada de ese nuevo año y siempre.
PORLA

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