jueves, 2 de enero de 2014

1 de enero

Hace muy pocos días meditábamos el nacimiento de Jesús lleno de sencillez en una cueva de Belén. Lo vimos pequeño, como un niño indefenso, en manos de su madre que nos lo presentaba para que, llenos de confianza y piedad, lo adoráramos como a nuestro Redentor y Señor. Dios había tenido en cuenta todas las circunstancias que rodearon su nacimiento: el edicto de César Augusto, el empadronamiento, la pobreza de Belén… Pero, sobre todo, había previsto la Madre que le traería al mundo. Esta Mujer, mencionada en diversas ocasiones en la Sagrada Escritura, había sido predestinada desde toda la eternidad. Ninguna otra obra dela creación cuidó Dios con más esmero, con más amor y sabiduría que aquella que, con su consentimiento libre, sería su Madre.
Nuestro Señor fue anunciada ya en los comienzos como triunfadora de la serpiente, que simboliza la entrada del mal en el mundo, como la Virgen que dará a luz al Emmanuel, al Dios con nosotros; y estuvo prefigurado en el arca dela alianza, en la casa de oro, por la torre de marfil… La escogió Dios entre todas las mujeres antes de los siglos, la amó más que a la totalidad de las criaturas, con un amor tal que puso en Ella, de un modo único, todas sus complacencias, la colmó de todas las gracias y dones, más que a los ángeles y a los santos, la preservó de toda mancha de pecado o imperfecciones, de tal manera que no se puede concebir una criatura más bella y más santa que quien había sido escogida para Madre del Salvador.
Al mirar hoy a Nuestra Señora, Madre de Dios, que nos ofrece a su Hijo en brazos, hemos de dar gracias al Señor, pues “una de las grandes mercedes que Dios nos hizo además de habernos criado y redimirnos fue querer tener Madre, porque tomándola Él por suya nos la daba por nuestra”.
En Cristo se distingue la generación eterna (su condición divina, la preexistencia del Verbo) de su nacimiento temporal. En cuanto Dios, es engendrado, no hecho, misteriosamente por el Padre ab aeterno, desde siempre; en cuanto hombre, nació, fue hecho, de Santa María Virgen. Cuando llegó la plenitud de los tiempos el Hijo Unigénito de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima, asumió la naturaleza humana, es decir, el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza humana (alma y cuerpo) y la divina se unieron en la única Persona del Verbo.
Al comenzar un nuevo año aprovechamos para hacer el propósito firme de recorrerlo día a día de la mano de la Virgen. Nunca iremos más seguros. Hagamos como el Apóstol San Juan, cuando Jesús le dio a María, en nombre de todos, como Madre suya: Desde aquel momento —escribe el Evangelista— el discípulo la recibió en su casa.
¡Con qué amor, con qué delicadeza la trataría! Así hemos de hacerlo nosotros en cada jornada de ese nuevo año y siempre.
 
PORLA
 

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