domingo, 4 de septiembre de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO CATORCEAVO
Proyecto de vida en común.
24) Muchos amigos que aborrecíamos las perturbadoras molestias de la vida humana, habíamos pensado, y en nuestras conversaciones casi determinado, vivir tranquilamente apartados de la turba. Esta vida quieta la proyectábamos de suerte que todo lo que pudiéramos tener lo pondríamos en común, y con todo ello formaríamos un solo patrimonio, de suerte que por virtud de nuestra sincera amistad, no fuese una cosa de uno y otra de otro, sino el acervo que se formase con las aportaciones de cada cual había de ser todo de cada uno y todo de todos.
Parecíanos que podríamos ser unas diez personas en esta sociedad. Y entre nosotros había algunos muy ricos, sobre todo Romaniano, mi conciudadano e íntimo amigo desde la infancia, a quien ciertas dificultades graves de sus negocios habían traído a Roma al tribunal del Conde del Eresis. El más que nadie urgía este proyecto, y tenía gran autoridad para persuadirlo, por cuanto su rico patrimonio excedía en mucho al de los demás. habíamos convenido en que cada año dos, como magistrados tendrían cuidado de todo lo necesario, quedando descargado los demás.
Pero cuando empezamos a tratar si pasarían por ello las mujercitas, que algunos de nosotros ya tenían y que yo quería tomas todo aquel proyecto que tan bien íbamos formando, se cayó de entre las manos, se hizo pedazos y quedó desechado. Y vuelta a los suspiros y gemidos, y a caminar siguiendo las sendas anchas y halladas del siglo. Porque eran muchos los pensamientos que se levantaban en nuestro corazón (Prov. 19, 21). ¡Mas vuestro consejo permanece para siempre! (Ps. 32, 11)
Y con este consejo os reíais de los nuestros, e ibais preparando los vuestros, para darnos a su tiempo alimento, y abriendo vuestra mano, llenar nuestras almas de la bendición (Ps . 144, 15, 16)

CAPITULO QUINCEAVO
Despide la primera concubina y toma otra.
25) Entretanto, mis pecados se multiplicaban; y arrancada de mi lado, como estorbo para el matrimonio, la mujer con quien yo solía partir mi lecho, el corazón me quedó desgarrado por donde estaba adherido, y llagado y sangrante. Ella se volvió a África, haciéndoos votos de no conocer a otro varón, dejando conmigo un hijo natural que tuve con ella. Mas yo, desventurado, incapaz de imitar ni a una mujer, no pudiendo sufrir la dilación, pues solo al cabo de dos años había de recibir la esposa que pretendía, como no era amante del matrimonio, sino esclavo de la lascivia, me procuré otra, no ciertamente esposa, para cebar y llevar adelante completa o aumentada la enfermedad de mi alma, al amparo de la no interrumpida costumbre, hasta llegar al reino de la esposa. Mas no se curaba aquella herida que se me había hecho al arrancarme de la primera; sino pasado el ardor y el dolor agudísimo, empezaba a pudrirse; y era el dolor más frío pero más desesperado.

CAPITULO DIECISEISAVO
Temor de la muerte y del juicio.
26) ¡Alabado seáis Vos, glorificado seáis Vos, fuente de misericordias! Yo me iba haciendo más miserable, y Vos más cercano. Presente estaba ya vuestra diestra para arrebatarme del cieno y para lavarme, y yo no lo sabía. Nada me retraía de hundirme más en el golfo de los deleites, sino el temor de la muerte y de vuestro juicio futuro, que aun entre la fluctuación de mis opiniones nunca se apartó de mi corazón. Disputando con mis amigos Alipio y Nebridio sobre el supremo bien y el supremo mal, Epicuro se hubiera llevado la palma en mi espíritu, si yo no hubiese creído que después de la muerte restaba la vida del alma y la sanción de los méritos, lo cual no quiso creer Epicuro. Preguntábales yo: Si fuésemos inmortales y viviésemos en perpetuo deleite del cuerpo, sin temor alguno de perderlo, ¿por qué no seríamos felices?, ¿o qué más había que desear? Y no sabía yo que este mismo pensamiento era una gran miseria; que, de tan hundido y ciego, no podía concebir la luz de la virtud, y de la belleza por sí misma amable, la cual no ven los ojos de la carne, y se ve desde lo íntimo del alma. Ni consideraba yo, mezquino, de qué veneno manaba el placer de discutir estas mismas cosas, en sí feas, en compañía de mis amigos; y que, según el modo de sentir que entonces tenía, no podía yo ser feliz sin los amigos, por grande que fuese la abundancia de deleites carnales; y cierto es que a mis amigos amábalos yo desinteresádamente y a la vez me sentía amado desinteresadamente por ellos.
¡Oh tortuosos senderos! ¡Ay del alma osada, que esperó, si se apartase de Vos, encontrar otra cosa mejor! Vuélvese y revuélvese de espaldas, de uno y otro costado, y boca abajo, y todo está duro; Vos solo sois el descanso. Y acudís luego, y nos libráis de miserables errores, y nos ponéis en vuestro camino, y nos consoláis  decís: “Corred, yo os llevaré (Is. 46, 4), y yo os guiaré; allí, yo os llevaré”.

PORLA

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