domingo, 9 de abril de 2017

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO QUINCEAVO
Que todas las criaturas dependen de Dios
21) Y volví los ojos a las otras cosas, y vi que, pues son, lo deben a Vos; y que en Vos están todas las cosas finitas, pero de otro modo; no como en lugar, sino porque Vos con vuestra verdad las tenéis a todas de vuestra mano. Y que todas ellas, en cuanto son, son verdaderas; y la falsedad no es otra cosa, sino cuando se juzga que es lo que no es.
También entendí que cada cosa se adapta no solo a su lugar, sino a su tiempo. Y que Vos, que sois el único eterno, no comenzasteis a obrar después de innumerables espacios de tiempo; porque todos los espacios de tiempo –los que pasaron y los que pasarán- no habrían pasado ni llegado, sino obrando Vos, y permaneciendo.

CAPITULO DIECISEISAVO
Que a los malos desagrada lo bueno. Noción del pecado
22) También conocí por experiencia que no es maravilla que al paladar enfermo sea penoso aquel mismo pan que al sano es sabroso; y a los ojos enfermos sea molesta la luz que es agradable a los puros.
Y por el mismo caso desagrada a los injustos vuestra Justicia; no ya la víbora y el gusano, que Vos creasteis buenos y convenientes a la parte inferior de vuestra creación; a la cual tanto se allegan los mismos inicuos, cuanto son más desemejantes a Vos; y en cambio tanto se hacen capaces de las cosas altas, cuanto son más semejantes a Vos.
Busqué asimismo qué cosa era la maldad, y no hallé que fuera sustancia, sino perversidad de la voluntad, desviada de la suma Sustancia, que sois Vos, hacia las criaturas ínfimas, que arroja sus entrañas, y se hincha por fuera.

CAPITULO DIECISIETEAVO
Cómo llegó a elevarse al conocimiento de Dios
23) Maravillábame de que ya os amaba a Vos, no a un fantasma en lugar vuestro. Mas no permanecía gozando de mi Dios; sino que me arrebataba hacia Vos vuestra hermosura, y luego por mi peso me arrancaba de Vos y caía sobre estas cosas con gemido; y este peso era la costumbre carnal. Pero quedábame la memoria de Vos; y de ningún modo dudaba que había un Ser con quien unirme, aunque todavía no estaba en disposición de unirme con Él; porque le cuerpo que se corrompe agobia el alma, y la morada terrena deprime a la mente, ocupándola con varios pensamientos (Sap. 9, 15). Y estaba certísimo que desde la creación del mundo, lo que de Vos es invisible se conoce por la inteligencia de las cosas creadas, como también vuestra sempiterna virtud y divinidad (Rom. 1, 20). Porque buscando yo los cuerpos, tanto celestes como terrestres y la regla que se presentaba a mi espíritu para juzgar exactamente de las cosas mudables, y decir: “Esto debe ser así, aquellos no”, buscando, pues, la razón de juzgar cuando así juzgaba, hallé sobre mi inteligencia mudable la inconmutable y verdadera eternidad de la verdad.
Y así, de un escalón en otro, subí de los cuerpos, al alma que siente por medio del cuerpo; y de aquí, al sentido íntimo, al cual los sentidos externos anuncian los objetos exteriores, y hasta el cual pueden llegar los brutos
De aquí nuevamente, a la potencia racional, a la cual pertenece juzgar lo que ha entrado por los sentidos del cuerpo. Esta hallándose así misma mudable, se elevó a su propia inteligencia, y se separó de su modo acostumbrado de pensar, substrayéndose al tropel de fantasmas contradictorios, para ver qué luz era aquella que la alumbraba cuando sin ninguna duda clamaba que lo inconmutable deber ser preferido a lo mudable; y de dónde conocía ella lo inconmutable; ya que, si de algún modo no lo conociese, de ningún modo lo antepondría con certeza a lo mudable. Y llegó a Aquello que Es, en un relámpago de la mirada temblorosa.
Entonces finalmente, conocí por la inteligencia de las cosas visibles las que en Vos son invisibles. Mas no pude contemplarlas de hito en hito; antes rebatida mi flaqueza, y devuelto a los objetos acostumbrados, no traía conmigo sino la amorosa memoria, y como el olor de un majar que deseaba comer, mas aun no podía.

PORLA

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